Cuando recordamos dónde estamos parados
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Por Javier Y Alba

Como Iglesia Semillas de esperanza, este jueves 20 de agosto vivimos uno de esos momentos que parecen sencillos, pero que pueden quedarse mucho tiempo en el corazón. Compartimos la mesa, conversamos, estudiamos la Palabra y oramos unos por otros. No hubo prisa por terminar ni necesidad de aparentar que todo estaba bien. Simplemente estuvimos juntos delante de Dios. Y allí volvió a resonar una verdad poderosa: hay momentos en los que no necesitamos ser más fuertes; necesitamos volver a recordar quién es nuestra Roca. Proverbios 30:26 habla de criaturas pequeñas y de pocas fuerzas que, sin embargo, construyen su casa entre las rocas. Su seguridad no depende de su tamaño, sino de su posición. Jesús lleva esta imagen todavía más profundo en Mateo 7:24-25: cuando llegan la lluvia, los ríos y los vientos, la casa permanece porque está fundada sobre la roca. Quizá nuestra mayor fortaleza como iglesia no sea tener todas las respuestas, sino saber dónde acudir cuando no las tenemos. Como pastores, tampoco estamos llamados a caminar delante de personas fingiendo invulnerabilidad; caminamos juntos hacia Cristo, recordándonos unos a otros que nuestra seguridad nunca estuvo en nosotros mismos.
Lucas 12 nos confronta con extraordinaria ternura. Jesús habla de preocupaciones, posesiones, futuro, temor y ansiedad, pero en medio de todo dice: “No tengan miedo, mi rebaño pequeño, porque es la buena voluntad del Padre darles el reino” (Lucas 12:32). Qué manera tan hermosa de mostrarnos nuestra verdadera posición: somos su rebaño y Él es nuestro Pastor; somos hijos y Él es nuestro Padre. El cristianismo comienza a transformarnos cuando dejamos de vivir como si todo dependiera de nuestra capacidad para controlar la vida. Nuestra posición en Cristo cambia la manera en que enfrentamos el mañana, miramos al hermano y cargamos nuestras propias luchas. Por eso orar unos por otros no es un simple momento dentro de una reunión. Es decirle al otro: “No tienes que llevar esto solo”. Es convertirnos en una comunidad donde alguien puede reconocer su fragilidad sin perder su dignidad, porque todos estamos sostenidos por la misma gracia. Una iglesia saludable no es una colección de personas fuertes; es una familia que conoce dónde está su fortaleza.
Y cuando entendemos nuestra posición, también cambia nuestra manera de vivir. Proverbios 20:27 dice que “el espíritu humano es la lámpara del Señor, pues escudriña lo más profundo de su ser”. Dios no desea únicamente nuestra asistencia, nuestras palabras correctas o nuestros momentos religiosos; desea nuestro corazón. Los Salmos 96–100 repiten una verdad que necesitamos recordar una y otra vez: el Señor reina. Si Él reina, entonces nuestra fe debe alcanzar nuestra manera de hablar, perdonar, servir, amar y tratar a quien camina a nuestro lado. Ese es quizá el desafío más profundo de lo vivido: regresar a casa recordando no solamente quién es Dios, sino también quiénes somos nosotros en Él. Cuando sé que estoy sobre la Roca, ya no necesito demostrar que soy más fuerte que nadie. Puedo amar sin competir, servir sin buscar reconocimiento, pedir ayuda sin vergüenza y extender misericordia porque primero la recibí. Saber dónde estamos parados no nos hace superiores; nos hace más humildes, más sensibles y, sobre todo, más capaces de amar.
Javier Y Alba





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