La decisión de acercarnos
Por Javier & Alba

Cuando buscamos a Dios, también aprendemos a caminar juntos.
Hay encuentros que, sin grandes ceremonias ni acontecimientos extraordinarios, dejan una huella especial en el corazón. Esta semana vivimos uno de esos momentos en Semillas de Esperanza. Nos reunimos para compartir los alimentos, disfrutar de nuestra compañía y abrir juntos las Escrituras. En medio de la sencillez de una mesa compartida, pudimos reconocer algo que se hace cada vez más hermoso entre nosotros: estamos aprendiendo a ser familia. Proverbios 15:17 nos recuerda que es preferible una comida humilde donde reina el amor que un gran banquete donde falta la armonía. ¡Cuánta sabiduría encierra esta enseñanza! Porque el verdadero valor de una mesa no está en la abundancia de lo que ofrece, sino en el cariño de quienes se sientan alrededor de ella. Las conversaciones, la confianza que va creciendo y la alegría de encontrarnos nos permiten descubrir que Dios también fortalece a su pueblo por medio de esos pequeños momentos que, casi sin advertirlo, terminan convirtiéndose en recuerdos entrañables.
Durante nuestro estudio bíblico especial, compartimos una reflexión que dio sentido a nuestro encuentro: «Buscar a Dios es una decisión». Jeremías 29:13 nos recuerda que encontraremos al Señor cuando lo busquemos de todo corazón, mientras que Santiago 4:8 nos invita a acercarnos a Él con la promesa de que Él se acercará a nosotros. Son palabras que nos llevan a considerar algo profundamente importante: nuestra relación con Dios no puede quedar a merced de las circunstancias, del tiempo que nos sobra o de los sentimientos pasajeros. La fe necesita ser cultivada con amor, alimentada por la Palabra y sostenida mediante decisiones que expresen dónde hemos puesto nuestro corazón. Y ocurre algo maravilloso cuando emprendemos ese camino: mientras más espacio damos a la presencia de Dios en nuestra vida, mayor sensibilidad desarrollamos hacia las necesidades de quienes nos rodean. Aprendemos a escuchar con paciencia, a ofrecer una palabra oportuna y a reconocer que nuestra madurez espiritual también se refleja en la manera como tratamos a los demás.
Al leer Romanos 16 encontramos una imagen preciosa de lo que significa vivir la fe en comunidad. Pablo menciona con gratitud a Priscila y Aquila, en cuya casa se reunía una iglesia, y reconoce también la hospitalidad de Gayo. Detrás de aquellos nombres había personas que comprendieron que seguir a Jesús significaba abrir no solamente las puertas de sus hogares, sino también las de sus corazones. Siglos después, esa misma invitación continúa viva. Lo que estamos construyendo en Semillas de Esperanza nos recuerda que una congregación no se fortalece únicamente porque aumente el número de sus participantes, sino porque entre ellos crecen el afecto sincero, el cuidado mutuo y el deseo de caminar juntos. Quizás esa sea una de las bendiciones más hermosas de nuestra reunión: comprender que cuando decidimos acercarnos a Dios, recibimos como beneficio acercarnos unos a otros. Que el Señor nos conceda seguir edificando una comunidad donde nadie se sienta extraño, donde siempre haya lugar para alguien más y donde cada vida encuentre, además de una enseñanza para su fe, un abrazo para su corazón.
Con cariño y gratitud,
Javier Castellanos y Alba Rojas



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