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La huella de lo que creemos

Foto del escritor: UUC Office
UUC Office
hace 5 horas
2 min de lectura

Por Javier & Alba


La fe deja huellas. A veces profundas, otras casi imperceptibles, pero siempre encuentra una manera de hacerse visible. Los Salmos 46 al 50 nos invitan a mirar hacia Dios: reconocerlo como refugio y Rey, descansar en su presencia y recordar que todo encuentra sentido cuando vuelve a Él. “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios” no es solo una invitación a detener el ruido, sino a permitir que la certeza de su presencia ordene nuestra manera de caminar. Cuando reconocemos quién es Dios, cambia la forma como miramos lo que tenemos delante. Prestamos atención a lo que antes parecía pequeño y comprendemos que nuestra espiritualidad no vive únicamente en la oración, sino también en nuestras palabras, en el cuidado de lo que compartimos y en la consideración por quien viene después. La presencia de Dios, cuando encuentra espacio en el corazón, termina alcanzando nuestras manos.


Por eso el encuentro de Saulo con Cristo en Hechos 9 resulta tan poderoso: la luz que lo detuvo en el camino no fue el final de la historia, sino el comienzo de una nueva manera de vivir. Algo cambió dentro de él y ese cambio empezó a notarse fuera. Ananías dejó que la voz de Dios transformara su manera de mirar a quien tenía delante, y Pedro siguió caminando entre personas y necesidades, haciendo del servicio una extensión natural de su fe. Proverbios 10 lleva esa verdad hasta la vida diaria: nuestras palabras, nuestra diligencia, nuestra integridad y aquello que hacemos cuando nadie nos observa. Como si la Escritura nos recordara que creer no consiste solo en afirmar verdades acerca de Dios, sino en permitir que esas verdades den forma a nuestra manera de habitar el mundo. Tal vez la plenitud de Dios no se reconozca únicamente por cuánto recibimos de Él, sino también por cuánto de su bondad comienza a pasar a través de nosotros.


Y es precisamente en lo cotidiano donde aparece una imagen hermosa de la fe. En Semillas de Esperanza la vemos cada semana en gestos que podrían pasar desapercibidos: en quien llega dispuesto, en las manos que preparan sin necesidad de reconocimiento, en quien recibe con alegría, acomoda, comparte, limpia, aprende y al final mira alrededor para saber si queda algo por hacer. No porque seamos una comunidad perfecta, sino porque estamos aprendiendo juntos que servir también es una manera de creer. Descubrimos que cuidar un espacio, una persona o una tarea puede convertirse en una forma silenciosa de gratitud. Quizá allí se encuentre una parte hermosa de la plenitud de Dios: permitir que su presencia no solo consuele nuestro corazón, sino que refine nuestros hábitos, haga más generosas nuestras manos y nos enseñe a dejar cada lugar un poco mejor de como lo encontramos. Entonces la fe deja de ser algo que confesamos y se convierte en una forma de vivir; y, casi como un poema escrito con acciones pequeñas, nuestro paso por la vida puede ir diciendo: aquí alguien decidió amar, aquí alguien decidió cuidar, aquí alguien entendió que servir también es una manera de creer.


Javier & Alba

 
 
 

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