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Cuando descubrimos que nunca caminamos solos

Writer: UUC Office
UUC Office
Sep 6
2 min read

By Javier & Alba


Han pasado ya treinta y ocho años desde que mi padre terrenal dejó de estar conmigo. Hay ausencias que el tiempo no borra. Uno aprende a continuar, a asumir responsabilidades, a formar su propia familia y a seguir adelante; pero hay lugares del corazón donde ciertos recuerdos permanecen. Mirando hacia atrás, puedo reconocer algo que ha marcado profundamente mi vida: en medio de aquella ausencia tuve el privilegio de encontrarme con mi Padre celestial. Proverbios 3 nos invita a confiar en el Señor de todo corazón y a reconocerlo en nuestros caminos. Con los años he entendido que esa confianza no significa tener todas las respuestas, sino descubrir que hay una mano que nunca nos abandona. Dios no reemplaza nuestros recuerdos ni niega nuestras pérdidas; hace algo todavía más hermoso: entra en nuestra historia, camina con nosotros y nos enseña que seguimos siendo profundamente amados.


También Dios me regaló otra expresión de Su cuidado. Durante años pude compartir con mi suegro, quien llegó a convertirse para mí en una figura semejante a un segundo padre. Conversaciones, momentos sencillos, consejos y tiempo compartido fueron regalos que hoy valoro mucho más. Esto me hace pensar en Hechos 2. Cuando nació la iglesia, aquellas personas no solamente escuchaban enseñanzas; compartían la vida, la mesa, las necesidades y la fe. Dios estaba formando una familia. A veces pensamos que la provisión de Dios llegará solamente mediante un milagro extraordinario, pero muchas veces Su amor llega a nosotros a través de una persona que escucha, acompaña, aconseja, abraza o simplemente permanece cerca. Nuestro Padre celestial conoce aquello que necesitamos y, de maneras que no siempre comprendemos en el momento, pone personas en nuestro camino que se convierten en parte de Su cuidado.


Y cuando comenzamos a recibir ese amor, algo empieza a cambiar dentro de nosotros. Gálatas 5:22-23 habla de amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Ese fruto no nace simplemente de esforzarnos por ser mejores; nace de permitir que el Espíritu de Dios transforme nuestro corazón. Después de treinta y ocho años puedo mirar mi historia y no verla solamente desde lo que perdí, sino también desde todo lo que mi Padre celestial me permitió recibir. He conocido Su fidelidad, he encontrado familia en el camino y he visto Su amor expresado en personas concretas. Quizá hoy alguien esté viviendo una ausencia. Quiero recordarle algo que yo mismo he tenido que aprender: puede haber lugares vacíos en nuestra historia, pero nunca estamos fuera del alcance del amor del Padre. Él sigue guiando nuestros caminos, formando nuestro corazón y poniendo personas a nuestro lado. En Su casa, ninguno de nosotros tiene que caminar solo.


Porque el amor del Padre no solamente nos encuentra en el camino; también nos hace hogar. Y si alguna vez has sentido que no tienes un lugar, recuerda esto: en la mesa del Padre hay un lugar preparado para ti, y lleva tu nombre.


Javier & Alba

 
 
 

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